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Por Miriam Martínez Díaz (*)

A punta de reprimir casi todas las marchas juveniles a garrote, de estigmatizar prácticamente todas sus protestas e incluso sus manifestaciones silenciosas de inconformismo, a punta de criticar con sorna las excentricidades propias de la edad o de ridiculizar las nuevas formas y colores que nos traen los jóvenes en cada generación al mundo, nos hemos venido quedando con una juventud despersonalizada como grupo social,  perdida en su obligación histórica de crear las tendencias sociales que marquen el rumbo de los próximos años en el planeta.

Los jóvenes en América Latina (entre los 15 y 28 años) son hoy en día casi la tercera parte de la población. Lamentablemente, esa franja de la población afronta no solo en este continente sino en el mundo entero, una carga infinita de dificultades que vamos a tener que atender con seriedad y responsabilidad tarde que temprano.

La problemática es arrolladora y no se puede detallar en un escrito corto como este. Una mirada por encima nos deja ver por ejemplo que el tema del empleo digno y decente para los jóvenes no mejora, incluso los nuevos procesos de selección y las exigencias académicas son cada día mayores y por tanto los fenómenos de discriminación y desigualdad se hacen cada vez más evidentes.

Por su parte, la violencia está cada vez más asociada y de manera perversa con niños y jóvenes.  Todos los ejércitos del mundo, los oficiales y los insurgentes, los de las mafias y los de las nuevas cruzadas religiosas, todos, como siempre, se nutren de chicos y ahora hasta de chicas para desplegar su poder de causar daño a la sociedad o de infligir dolor a quienes consideran sus adversarios. Los reclutan por la fuerza, sin explicación alguna,  los arrancan de sus familias para que luchen por ideales que no entienden, para fanatizarlos en prácticas  y con disciplinas de adocenamiento forjadas en las mentes de adultos poderosos en lo que sea, y para lo que sea; en últimas, se les entrena para que entreguen la vida, las piernas o los brazos, al servicio de las causas codiciosas de otros.

En Colombia, sobre todo a los muchachos pobres, les ha pasado de todo. Medio siglo de persecución y reclutamiento por parte de las guerrillas y los paras y varios años de reclutamiento forzoso por parte de las propias fuerzas oficiales; la espantosa política que se inventaron las mafias de la droga y que hoy subsiste aunque a menor escala de las escuelas de sicarios; esa especie de mercenarismo infantil que nos tuvo azotados por más de dos décadas. Para simplificar, jóvenes heridos y muertos por miles a lo largo de todo el territorio nacional.

En otras latitudes, las cosas pueden ser peores. El fenómeno de los maras en Centroamérica e incluso en la propia USA es de una magnitud incalculable. Miles de miles de muchachos muy jóvenes, organizados en pandillas multinacionales dedicadas a todas las formas del crimen y en un despliegue de violencia absolutamente aterrador. Las causas son variadas, pero destaco una por lo contradictorio y absurdo del fenómeno y por lo que se enmarca en el tema Trump de los inmigrantes. Durante muchos años buena parte de la población adulta desde Panamá hasta el Rio Grande abandonó a sus hijos en busca del sueño americano; los dejaron con otras familias  mientras se organizaban en USA  para mandar la añorada remesa, pero luego no pudieron volver. Generaciones de chicas y chicos crecieron solos, con remesas, sí, pero sin amor, sin orientación, sin valores; ahí están los resultados.

Y ni los europeos han logrado escapar de la pandemia. Jóvenes de Francia y de Inglaterra uniéndose por cientos o miles quizá, a los ejércitos guerreristas de la Yihad del Estado Islámico.

¿Y cuáles son los paradigmas que le ofrece a la juventud el mundo moderno? Unos dirigentes políticos sumergidos en la corrupción; unos líderes religiosos anclados al pasado o a la pederastia; unos dirigentes  empresariales para quienes solo existen las ganancias y la arrogancia de la riqueza. 

Y Mientras tanto los adultos flagyl se preguntan perplejos: ¿Por qué será que los jóvenes se encierran ahora y aíslan sus vidas de nosotros, silenciosos, comunicándose solo entre sí a través de esos televisores diminutos que se llaman celulares?

(*) Columnista,  Defensora de derechos humanos, Gestora Social , municipio de Ipiales, (deparamento de Nariño - Colombia)
@PazAportes

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